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25 mei Refugiados palestinos llegados a La CaleraTres historia de un mismo sueño Con la llegada de los 39 refugiados palestinos a La Calera no sólo se empieza a escribir una historia de amor, hospitalidad y cariño. Cada uno de ellos trae consigo una maleta de esperanzas, sueños y sorpresas para la ciudad. (Edición Especial de "El Observador" de Quillota. Por Regina Brito Jeria) Thamer Llegando a la Escuela Palestina, donde el grupo de adultos toma cuatro veces a la semana sus clases de español, sale bulliciosamente a recibirnos Thamer Khalifah. No nos conoce ni está enterado de nuestra llegada, pero su personalidad lo impulsa a hacer las veces de anfitrión. Es el profesor del grupo, profesor de Historia y Geografía, carrera que estudió en la Universidad de Bagdad, entre los años 1982 y 1986. Estira la mano y se presenta amablemente, y dado que es el que mejor se maneja en inglés, surge una afinidad inmediata. ¿Aprendió inglés en la universidad también? “No, en la universidad sólo historia. Inglés aprendí sólo, con la vida”, me dice. Le digo que vengo del diario local, que queremos conversar con él. “¿Ahora?, ¡a mi casa!”, dice en un remarcado español, mientras enciende su primer cigarro. Muestra gran consideración cuando rehusa irse en auto conmigo, pues está fumando. Sin embargo, cuando finalmente accede, lanza la colilla, que casualmente cae a los pies de un no muy contento transeúnte calerano. Con una sonrisa, Thamer se disculpa. Entra en el auto, aunque el trayecto es ínfimo, ya que la Villa Los Pinos, donde hasta ahora habitan, se encuentra a menos de una cuadra. Preferimos el auto, no obstante, porque su hijo mayor, Mohammad, de 20 años, cojea producto de una lesión que se produjo mientras jugaba fútbol. Este deporte es la gran pasión de la mayoría de los niños y jóvenes que integran el famoso grupo de palestinos. Thamer, de 45 años, nos cuenta que llegó al campamento “Al Tanf”, ubicado entre Siria e Irak, el año 2006, donde hizo clases de Inglés e Historia. También afirma que le gustaba más cuando Hussein estaba a la cabeza. “Era mucho mejor la línea de Hussein, habíamos muchos más árabes que ahora. Ahora todos arrancaron, y quedan sólo 5 mil allá”. Una vez en su casa, mientras prende su tercer cigarrillo, nos presenta al resto de su familia: su esposa Ahlam, quien se dedica a la peluquería, su hijo Omar, de 12 años, Khatab, de seis, y su hija Shaed, de nueve años, quien enseguida llama nuestra atención. La niña desborda simpatía, no escatima sonrisas, y no vacila en mostrarnos cómo se sabe los números del uno al diez en español. Heredó la personalidad de su padre... Apenas nos instalamos, la pequeña Shaed se sienta con nosotros a participar de la conversación, aunque su interés está puesto en nuestra cámara de fotos digital. Le encanta y, a través de gestos y sonrisas, la pide prestada. Corre a la cocina a fotografiar a su mamá, y vuelve para saber cómo puede ver la foto que acaba de hacer. Durante el resto de la conversación se dedicará a hacer retratos de su familia para volver entusiasta a mostrarnoslas. Lo primero que le pregunto a Thamer es cómo se siente en Chile, si era lo que esperaba. “Yo, como soy profesor de Historia y Geografía, algo sabía de Chile, tenía algunas ideas sobre la vida. Sabía dónde estaba y me siento muy feliz de estar acá. Me sorprendió mucho el recibimiento. La gente ha sido muy amable y de bueno corazón”. Me cuenta que ha conocido de a poco el lugar y los alrededores, que estuvo en Quillota y que le ha gustado todo. Que aún no prueba comida chilena, ya que en su casa sólo cocinan platos árabes. Y agrega con picardía que si lo queremos invitar, encantado prueba nuestras comidas. El clima también le gusta. “Hay quienes dicen que hace frío aquí, pero allá era mucho más helado. Yo estoy bien, no tengo problema”. Con un inglés a veces limitado, se esfuerza en encontrar las palabras correctas, que reflejen su verdadero sentir. Me dice que le ha gustado Calera, que la encuentra una ciudad tan tranquila. Y era que no, si viene de Irak. “Allá vivíamos en un campamento durante los últimos dos años, y antes vivíamos en Irak mismo, donde nunca estábamos a salvo. Era un lugar peligroso, sin esperanzas para mis hijos, con bombas, miedo siempre, todos los días. La mamá de mi hijo mayor fue asesinada por la milicia, cuando él era muy pequeño”. Su cara se torna seria y habla un poco más fuerte, como si quisiera denunciar los hechos. Agrega que el abuelo de otra de las familias recién llegadas también fue asesinado, y destaca lo difícil que es para todos ellos dejar parte de los seres queridos atrás. “Lo que más extraño es a mi madre. Mi padre está muerto, pero mi madre quedó allá, tiene 65 años. Extraño a mi hermano y a mi hermana, y a muchos amigos que tenía en el campamento, donde yo hacía clases. Pese a que era un campamento, en las mismas tiendas se improvisaban escuelas, y ahí enseñaba yo”. Abre su billetera y me muestra con orgullo, un ajado certificado que le extendieron allí, por su labor docente. Le pregunto por su esposa, quien discreta y amablemente ha preparado café, tan cargado como suele gustarle a los paisanos. Tras agradecerle, quiero saber cómo se siente ella ya que, aunque es cordial y nos acompaña unos minutos, tiene la mirada perdida y parece un poco triste. “Su madre y su hermana quedaron allá. Para ella esto ha sido muy difícil y le ha costado adaptarse aquí. Está agradecida de su nueva vida pero el lenguaje es la primera gran dificultad, y tampoco maneja el inglés. Pero más que eso, ella está triste”, confirma. Sin embargo, se ven animados respecto al futuro que les espera en la ciudad, sobre todo para sus hijos y cada uno de sus proyectos personales. Yo quiero hacer clases, me gustaría enseñar Historia, que es lo que sé, pero también árabe e inglés. En el futuro, cuando aprenda español bien, lo haré. Pronto voy a dar cursos de árabe para el que desee, en la escuela. Hablé con ellos. Y también quiero encontrar una casa por aquí, cerca de la escuela de mis hijos”. “Quiero que mis hijos tengan educación aquí, que sean felices, que tengan una buena vida”. Pequeñas ambiciones, anhelos y sueños por cumplir, dejando atrás malos recuerdos y mirando siempre adelante, es la tónica que tanto la familia Khalifah, como las otras siete. La sonrisa de Thamer volvió a aparecer, y con picardía me insta a que le busque una casa cerca. “Encantado de conocerte”, finaliza en perfecto español, mientras me acompaña hasta la puerta. ReactiesMeld je aan bij Windows Live ID om een reactie toe te voegen (als je Hotmail, Messenger of Xbox LIVE gebruikt, heb je al een Windows Live ID). Aanmelden Heb je geen Windows Live ID? Maak er nu een aan Links naar je weblogDe URL voor de link naar dit weblogitem is: http://yinionline.spaces.live.com/blog/cns!461D9CDD861BA066!1800.trak Weblogs die naar dit item verwijzen
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